El café y el té comparten una fama parecida: nos despiertan, nos acompañan en la sobremesa y, si nos pasamos, pueden dejarnos mirando al techo a las dos de la mañana. Pero no funcionan exactamente igual.
La cafeína es la misma molécula en ambos casos. Lo que cambia es la cantidad, la forma de prepararlos, el resto de los compuestos que acompañan a la bebida y, por supuesto, cómo nos sienta a cada uno.
Dicho de otra manera: no es que la cafeína del té sea “otra cafeína” y la del café sea una versión con más carácter. Es la misma sustancia, pero viene en contextos distintos. Y en cocina, como en la vida, el contexto importa.
La cafeína es la misma, pero no llega igual
La cafeína del café y la del té es químicamente la misma. Es un compuesto estimulante que actúa sobre el sistema nervioso y ayuda a reducir la sensación de cansancio durante un tiempo.
La diferencia más evidente está en la cantidad. Una taza de café filtrado de unos 237 ml puede rondar los 96 mg de cafeína, mientras que una taza similar de té negro se sitúa en torno a los 48 mg y una de té verde alrededor de los 29 mg.
Harvard también ofrece cifras muy parecidas: una taza de café preparado aporta unos 95 mg de cafeína, un espresso unos 65 mg, un té negro unos 47 mg y un té verde unos 28 mg.

El café suele pegar más fuerte
En general, el café aporta más cafeína por taza que el té. Por eso mucha gente lo nota como un empujón más claro, sobre todo por la mañana.
Un café solo, un café con leche o un americano pueden variar bastante según la cantidad de café usada, el método de extracción y el tamaño de la taza. No es lo mismo un espresso corto que una taza enorme de café filtrado.
El café también tiene un sabor más intenso, más tostado y amargo. Esa fuerza sensorial puede hacer que lo asociemos con un efecto más potente, incluso antes de que la cafeína haya empezado a hacer de las suyas.
El té suele ser más suave, pero no inocente
El té suele aportar menos cafeína por taza, pero eso no significa que no cuente. Un té negro cargado, infusionado durante más tiempo o tomado en varias tazas seguidas puede sumar bastante.
El té verde suele tener menos cafeína que el negro, aunque depende de la variedad, la cantidad de hojas, la temperatura del agua y el tiempo de infusión. El matcha es un caso aparte, porque se toma la hoja pulverizada, no solo una infusión, y puede aportar más cafeína que otros tés verdes.
También conviene recordar que las infusiones de hierbas, como manzanilla, menta poleo, rooibos o tila, no son té en sentido estricto si no proceden de la planta Camellia sinensis. Muchas no tienen cafeína, aunque siempre conviene mirar la etiqueta si hablamos de mezclas.
La teína y la cafeína: el viejo lío
Durante años se ha hablado de “teína” en el té y “cafeína” en el café como si fueran cosas diferentes. En la práctica, hablamos del mismo compuesto.
El nombre cambia por tradición, no porque el efecto venga de una molécula distinta. La cafeína se aisló primero del café y después se identificó en el té, pero la sustancia es la misma.
Lo que sí cambia es la bebida completa. El té aporta otros compuestos, como polifenoles y L-teanina, que pueden modular la experiencia. El café, por su parte, tiene su propio conjunto de compuestos aromáticos, ácidos y sustancias formadas durante el tostado.
La L-teanina: una de las claves del té
El té contiene L-teanina, un aminoácido relacionado con una sensación de alerta más tranquila. No es magia ni convierte una taza en una sesión de yoga, pero ayuda a explicar por qué muchas personas sienten el té como un estímulo más suave.
Hay estudios que han observado que la combinación de L-teanina y cafeína puede ayudar a mejorar la atención en tareas exigentes. Por eso mucha gente describe el té como una bebida que despeja sin dar tanto “subidón”. No le pasa a todo el mundo igual, pero gastronómicamente tiene sentido: el té se bebe más despacio, suele tener menos cafeína y su perfil es menos agresivo.

El método de preparación cambia mucho las cifras
En el café, la cantidad de cafeína depende del tipo de grano, el molido, la dosis, el tiempo de contacto con el agua y el método. Un espresso parece pequeño, pero está concentrado. Un café de filtro puede parecer más suave, pero si la taza es grande, puede sumar más cafeína total.
En el té pasa algo parecido. Más hojas, más tiempo de infusión y agua más caliente suelen extraer más cafeína. Un té negro infusionado cinco minutos no es lo mismo que uno infusionado dos.
También influye si reutilizamos las hojas. La primera infusión suele extraer una parte importante de la cafeína, y las siguientes pueden resultar más suaves, aunque esto depende mucho del tipo de té.
Café espresso, de filtro o soluble
El espresso tiene fama de ser el más cargado, pero hay que mirar la cantidad total. Un espresso de unos 30 ml puede rondar los 63-65 mg de cafeína, mientras que una taza grande de café filtrado puede estar cerca de los 95-96 mg.
El café soluble suele tener algo menos que el café filtrado, aunque depende de la marca y de cuánta cantidad pongamos. Porque todos conocemos a alguien que dice “solo una cucharadita” y luego mete una pala de obra.
El descafeinado tampoco es cero absoluto. Suele contener cantidades pequeñas de cafeína, pero mucho menores que las del café normal.
Té negro, verde, blanco y matcha
El té negro suele ser el más intenso y, en general, uno de los que más cafeína aporta entre los tés habituales. Va muy bien solo, con leche o con especias, como en un chai.
El té verde suele aportar menos cafeína y un perfil más vegetal. Si se prepara con agua demasiado caliente o se deja demasiado tiempo, puede amargar más de la cuenta.
El té blanco suele ser delicado y suave, aunque la cafeína puede variar según el tipo de hoja y la preparación. No conviene asumir que siempre es bajísimo en cafeína.
El matcha merece mención aparte. Como se consume la hoja molida, la cafeína puede ser más alta que en un té verde infusionado normal. Una taza de matcha puede moverse en un rango amplio, aproximadamente entre 40 y 175 mg de cafeína, según preparación y cantidad usada.

¿Cuál despierta más?
Para un efecto rápido y claro, el café suele ganar. Aporta más cafeína por ración habitual y se toma muchas veces en menos tiempo.
El té puede despertar de forma más progresiva, sobre todo si hablamos de té negro, verde o matcha. No suele dar el mismo golpe que un café fuerte, pero puede mantenernos activos sin tanta brusquedad.
La respuesta real depende de la persona. Hay quien se toma un espresso después de cenar y duerme como un tronco, y hay quien bebe té verde a las cinco de la tarde y empieza a negociar con la almohada a medianoche.
¿Cuál sienta mejor al estómago?
Aquí no hay una respuesta universal. El café puede resultar más ácido o irritante para algunas personas, sobre todo en ayunas o en grandes cantidades.
El té suele ser más amable para muchos estómagos, aunque algunos tés fuertes también pueden sentar mal si se toman sin comer. Los taninos del té pueden dar cierta astringencia y, en algunas personas, provocar molestias.
Una solución sencilla es acompañar la bebida con algo de comida y evitar tomarla demasiado fuerte. El cuerpo suele dar pistas bastante claras, aunque a veces nos empeñemos en no escucharlas.

¿Cuánta cafeína es demasiada?
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera que, en adultos sanos, ingestas de hasta 400 mg de cafeína al día no plantean problemas de seguridad en términos generales. También señala que una dosis única de hasta 200 mg no suele generar preocupación en adultos sanos.
Esto no significa que haya que llegar a esa cifra. Significa que conviene tenerla como orientación. Si con dos cafés ya notas nervios, palpitaciones o mal sueño, tu límite práctico está antes.
El sueño manda más que la teoría
La cafeína puede interferir con el sueño, incluso cuando creemos que “no nos afecta”. A veces no impide dormir, pero sí empeora la calidad del descanso.
Por eso, muchas personas hacen bien en reservar el café para la mañana y dejar el té suave o las infusiones sin cafeína para la tarde. No es una norma universal, pero suele funcionar.
Una buena prueba casera es sencilla: elimina cafeína después de comer durante una semana y observa si duermes mejor. No hace falta ponerse una bata blanca, solo prestar atención.

Café y té también son cultura gastronómica
Más allá de la cafeína, café y té tienen mundos gastronómicos muy distintos. El café habla de tueste, molienda, extracción, crema, cuerpo y amargor.
El té habla de hojas, origen, oxidación, temperatura, tiempo de infusión y delicadeza aromática. No se prepara igual un té verde japonés que un té negro con leche.
En la mesa, el café suele cerrar comidas, acompañar desayunos o dar energía a media mañana. El té puede encajar en desayunos, meriendas, sobremesas ligeras o momentos de calma. Cada uno tiene su ritual, y ahí también está parte de su encanto.
Cómo tomarlos mejor
Para el café, conviene no quemarlo. Si sabe a cenicero con orgullo, quizá el problema no eres tú, sino el tueste, la molienda o la cafetera.
También ayuda no cargarlo de azúcar, siropes o natas. Un café puede ser una bebida interesante o convertirse en un postre líquido con cafeína. Ambas cosas existen, pero no son lo mismo.
Para el té, respeta tiempos y temperaturas. El té verde suele agradecer agua menos caliente que el té negro. Si lo infusionas como si estuvieras cociendo garbanzos, luego no te enfades si amarga.

¿Cuál elegir?
Elige café si buscas un estímulo más intenso, un sabor tostado y una bebida corta o concentrada. Va muy bien por la mañana, después de comer o antes de una tarea que requiera energía.
Elige té si quieres algo más suave, aromático y con más margen para beber despacio. Un té negro puede funcionar en el desayuno, un verde a media mañana y una infusión sin cafeína por la tarde.
El matcha puede ser interesante si te gusta el té verde y buscas más cuerpo y más cafeína. Eso sí, mejor prepararlo bien y no convertirlo siempre en un vaso enorme con leche, azúcar y nata.
En resumen: misma cafeína, distinto viaje
La cafeína del té y la del café es la misma, pero la experiencia cambia. El café suele aportar más cantidad y un efecto más directo. El té suele tener menos cafeína y una sensación más gradual, en parte por su composición y por la forma de tomarlo.
No hay un ganador absoluto. Hay momentos, gustos y tolerancias.
La mejor elección es la que te sienta bien, encaja con tu rutina y no te roba el sueño. Porque una taza puede alegrarte la mañana, pero si te arruina la noche, igual toca cambiar de horario, de cantidad o de bebida.

Categorías: Actualidad gastronómica




