La sed no siempre avisa a tiempo. Durante una ola de calor podemos estar perdiendo agua y sales a través del sudor antes de notar una necesidad clara de beber, algo especialmente frecuente en las personas mayores. Esperar a tener la boca seca para llenar un vaso suele ser llegar tarde.
El calor intenso obliga al organismo a trabajar más para mantener una temperatura estable. Si la reposición de líquidos no acompaña esas pérdidas, pueden aparecer cansancio, dolor de cabeza, mareo, calambres o una orina más escasa y oscura. La comida también influye: un menú muy abundante, graso o acompañado de alcohol se lleva peor cuando el cuerpo ya está intentando disipar calor.
La respuesta práctica consiste en beber de forma regular, repartir mejor las comidas y escoger alimentos que aporten agua y nutrientes sin dejar una digestión pesada. Eso no significa alimentarse únicamente de sandía, gazpacho y ensaladas, ni recurrir por sistema a bebidas isotónicas. El cuerpo sigue necesitando proteínas, hidratos de carbono, grasas saludables y una dieta suficientemente variada.
Estas pautas sirven para organizar un día normal de altas temperaturas, pero no sustituyen las indicaciones médicas. Quienes tengan una restricción de líquidos, enfermedad renal avanzada, insuficiencia cardiaca o un tratamiento que pueda verse afectado por el calor deben seguir la cantidad y las medidas indicadas por su profesional sanitario.

Beber poco a poco funciona mejor que intentar recuperar todo de golpe
Durante una ola de calor conviene beber agua con frecuencia aunque todavía no tengamos sed. La Organización Mundial de la Salud utiliza como orientación general un vaso cada hora y alrededor de dos o tres litros de agua al día durante los episodios de calor. No es una cifra rígida: las necesidades cambian según el tamaño corporal, la edad, la actividad, la humedad, el embarazo, la lactancia y el estado de salud.
Una persona que pasa el día en casa y apenas se mueve no pierde lo mismo que quien trabaja al aire libre o hace ejercicio. Tampoco tiene sentido forzarse a alcanzar una cantidad concreta si existe una pauta médica de restricción. La referencia útil es mantener una ingesta repartida durante el día, adaptada a las pérdidas reales y sin esperar a beber varios vasos juntos al final de la tarde.
Ayuda bastante dejar una jarra o una botella a la vista, servir agua con cada comida y llevarla cuando salimos. Puede tomarse fresca, pero no necesita estar helada para hidratar. Si el agua sola nos cuesta, podemos añadir unas rodajas de limón, naranja, pepino o unas hojas de hierbabuena, sin convertir cada vaso en una bebida azucarada.
La orina muy oscura y escasa, la boca seca, el dolor de cabeza, el cansancio poco habitual o el mareo pueden indicar que estamos bebiendo menos de lo necesario. Ninguna señal aislada sirve como diagnóstico, pero sí debería hacernos parar, buscar un lugar fresco y revisar cuánto hemos bebido.

El agua debe seguir siendo la bebida principal
El agua del grifo, siempre que sea apta para el consumo, y el agua mineral cumplen la misma función básica: reponer líquido sin añadir azúcar ni alcohol. También cuentan otros alimentos y bebidas con bastante agua, como la leche, una infusión fría sin azúcar, una crema de verduras o un caldo ligero, aunque el agua debe ocupar el primer puesto.
Los refrescos, granizados, tés embotellados y bebidas energéticas pueden parecer muy apetecibles con calor, pero suelen aportar bastante azúcar y no deberían convertirse en la fuente habitual de hidratación. Una bebida dulce ocasional no provoca por sí sola una deshidratación, pero desplaza agua, suma calorías y puede dejarnos con más sed.
Con la cafeína conviene aplicar moderación. Un café o un té no arruinan la hidratación del día, pero durante una ola de calor es mala idea encadenar cafés, bebidas de cola y energéticas mientras apenas bebemos agua. La cafeína en exceso también puede empeorar el nerviosismo, las palpitaciones o el descanso nocturno.
El alcohol merece un apartado claro. Cerveza, vino, sangría y combinados no son bebidas para hidratarse. Además de alterar la percepción del riesgo y facilitar que pasemos más tiempo al sol, pueden favorecer la pérdida de líquido. En días de calor extremo, la opción más segura es reducirlo al mínimo o evitarlo.
Las bebidas isotónicas no son necesarias para todo el mundo
Para una jornada corriente, con actividad moderada y comidas normales, agua y alimentación habitual suelen bastar para reponer líquidos y electrolitos. El sodio, el potasio y otros minerales llegan a través de los alimentos, por lo que no hace falta comprar bebidas deportivas ni añadir sal al agua por sistema.
Las bebidas con electrolitos pueden tener sentido cuando existe sudoración intensa durante varias horas, por ejemplo en trabajos físicos, entrenamientos largos o actividades deportivas exigentes. Incluso en esos casos, deben acompañar al descanso, la sombra y la reducción del esfuerzo; no convierten en segura una exposición excesiva al calor.
Tampoco conviene recurrir a pastillas de sal o mezclas caseras improvisadas. Tomar demasiado sodio puede ser perjudicial, sobre todo en personas con hipertensión, enfermedad renal o problemas cardiacos. Si hay vómitos o diarrea, la situación cambia: puede ser necesaria una solución de rehidratación oral correctamente formulada, no una bebida deportiva elegida al azar.

Conviene reducir el tamaño de las comidas, no quedarse sin comer
Con temperaturas muy altas suele bajar el apetito. Podemos aprovecharlo para repartir la ingesta en comidas algo más pequeñas, pero pasar el día a base de fruta y cenar de golpe una ración enorme suele terminar en una digestión pesada y una dieta desequilibrada.
Un plato sencillo para estos días puede combinar tres partes: una base de hortalizas, una fuente de proteína y una porción moderada de hidratos de carbono. Por ejemplo, tomate y pepino con garbanzos; una ensalada de patata con huevo; arroz con verduras y atún; pasta fría con hortalizas y pollo; o una crema de calabacín acompañada de tortilla.
Las preparaciones fritas, muy grasas o con salsas abundantes no están prohibidas, pero se toleran peor cuando hace mucho calor. También conviene moderar los platos muy salados, porque aumentan la sed y pueden complicar la dieta de quienes deben controlar el sodio. Cocinar de forma sencilla y servir cantidades razonables suele funcionar mejor que buscar una supuesta dieta especial para el verano.
No debemos eliminar los hidratos de carbono ni las proteínas. El arroz, la pasta, el pan, la patata, las legumbres, el huevo, el pescado, el pollo, el yogur o el queso fresco ayudan a montar comidas completas sin necesidad de encender el horno durante horas.
La fruta y la verdura ayudan, pero no sustituyen al agua
Sandía, melón, melocotón, nectarina, ciruelas, fresas, tomate, pepino, calabacín y lechuga contienen bastante agua y encajan bien durante una ola de calor. Aportan además vitaminas, minerales y fibra. Aun así, comer fruta no elimina la necesidad de beber.
La mejor estrategia es repartir frutas y hortalizas entre comidas, no concentrarlas todas en un enorme bol nocturno. Una pieza de fruta, unas rodajas de melón, un tomate aliñado o una crema fría pueden aumentar el aporte de agua de la dieta de forma sencilla.
El gazpacho y otras sopas frías son útiles porque reúnen agua y hortalizas. Algunas versiones llevan bastante sal, pan o aceite, así que no todas tienen la misma composición. Un vaso de gazpacho puede formar parte de la comida, pero no debe ser la única fuente de líquido del día.
El zumo tampoco equivale a la fruta entera. Conserva agua y parte de sus nutrientes, pero aporta los azúcares de varias piezas y menos fibra. Para hidratarse, el agua sigue siendo una opción más sencilla; para comer fruta, es preferible masticarla.

Un ejemplo práctico para organizar las comidas
No hace falta seguir un menú cerrado, pero esta distribución muestra cómo mantener variedad sin preparar platos pesados:
- Desayuno: agua, yogur natural con copos de avena y fruta, o una tostada con tomate y huevo.
- Media mañana: una pieza de fruta, un puñado pequeño de frutos secos y agua.
- Comida: ensalada de legumbres o de patata con hortalizas, acompañada de pescado, huevo o pollo; fruta de postre.
- Merienda: yogur, fruta fresca, hummus con palitos de zanahoria o un pequeño bocadillo.
- Cena: crema fría de verduras, tortilla, pescado, queso fresco o una ensalada completa con pan.
- Entre horas: agua servida en pequeñas tomas, sin esperar a que aparezca una sed intensa.
Este esquema se puede simplificar con conservas de pescado, legumbres cocidas, verduras congeladas, huevos cocidos y platos preparados en las horas más frescas. Tener comida lista en la nevera evita acabar picando únicamente embutidos, aperitivos salados o dulces cuando el calor quita las ganas de cocinar.
Qué comer cuando el calor corta el apetito
Si cuesta terminar un plato, funcionan mejor las preparaciones blandas, frescas y de tamaño reducido. Un yogur con fruta, una tostada con queso fresco, una tortilla francesa, hummus, una ensalada de lentejas, un cuenco pequeño de salmorejo o una lata de sardinas con tomate aportan más que pasar muchas horas sin comer.
Las personas mayores pueden necesitar que se les ofrezca comida y bebida varias veces, porque a veces disminuyen tanto la sed como el apetito. Resulta más útil presentar porciones pequeñas y fáciles de comer que insistir con un plato grande que probablemente quedará sin tocar.
En niños, la hidratación debe depender del adulto. Conviene ofrecer agua con frecuencia, especialmente durante el juego, y evitar que refrescos y zumos sustituyan al agua. Los bebés, las mujeres embarazadas y quienes estén dando el pecho también requieren una vigilancia especial durante los episodios de calor.

Algunas personas necesitan adaptar estas recomendaciones
Las personas con enfermedad renal, insuficiencia cardiaca, diabetes, hipertensión o tratamientos con diuréticos pueden necesitar instrucciones específicas. No se deben modificar los medicamentos ni la cantidad pautada de líquidos por cuenta propia, aunque suba la temperatura.
Quien tenga una restricción de líquidos debe consultar cómo ajustarla durante una ola de calor. Beber demasiado puede ser peligroso en determinadas enfermedades, mientras que mantener una restricción excesiva pese a una sudoración importante también puede causar problemas. La cantidad correcta depende de la situación clínica.
Las personas mayores que viven solas merecen atención diaria. Comprobar que tienen agua accesible, que la vivienda se mantiene lo más fresca posible y que han comido algo es más útil que limitarse a recomendarles que beban cuando tengan sed.

Con calor extremo, la seguridad alimentaria exige más cuidado
Las altas temperaturas aceleran el crecimiento de microorganismos. Una ensalada, una tortilla, un gazpacho o un táper pueden ser ligeros y apropiados, pero dejan de ser seguros si pasan demasiado tiempo fuera de la nevera.
Los alimentos cocinados y las sobras deben refrigerarse cuanto antes y no permanecer más de dos horas a temperatura ambiente. El frigorífico debe mantenerse a 5 ºC o menos, y los alimentos crudos tienen que estar separados de los ya cocinados para evitar contaminaciones cruzadas.
Las preparaciones con huevo crudo, como una mayonesa casera, requieren especial cuidado. Si se hacen en casa, deben consumirse inmediatamente o mantenerse refrigeradas y desechar las sobras dudosas. Para llevar comida a la playa, al trabajo o de excursión, hace falta una nevera portátil con acumuladores de frío.
También hay que lavar frutas y hortalizas antes de consumirlas, incluso cuando después vayamos a pelarlas. El olor o el aspecto no siempre revelan una contaminación, así que la cadena de frío no debe romperse confiando únicamente en los sentidos.

Cuándo el malestar deja de ser una simple sed
Dolor de cabeza, debilidad, mareo, náuseas, calambres, sed intensa o sudoración abundante pueden aparecer cuando el cuerpo no está tolerando bien el calor. En ese momento debemos parar la actividad, movernos a un lugar fresco, aflojar la ropa y beber agua a pequeños sorbos si estamos conscientes.
La confusión, el comportamiento extraño, las convulsiones, el desmayo, la pérdida de conciencia o una temperatura corporal muy elevada pueden indicar un golpe de calor. Es una urgencia: hay que llamar al 112, enfriar a la persona mientras llega la ayuda y no darle líquidos si está inconsciente o no puede tragar con seguridad.
Cuando los síntomas duran más de una hora, empeoran o afectan a una persona especialmente vulnerable, conviene solicitar valoración sanitaria. En una ola de calor, esperar a que el malestar desaparezca solo puede retrasar una atención necesaria.

Una pauta sencilla para los días más calurosos
Agua a intervalos regulares, comidas más pequeñas y completas, fruta y verdura repartidas durante el día, poco alcohol y alimentos bien refrigerados. Esa combinación cubre la mayoría de las situaciones cotidianas sin recurrir a litros forzados, suplementos innecesarios ni menús basados únicamente en alimentos fríos.
La mejor preparación empieza antes de que aparezca la sed: agua accesible, comida sencilla ya preparada y atención especial a quienes toleran peor el calor.
Categorías: Actualidad gastronómica Escuela de alimentación: cocina, técnicas e ingredientes Nutrición y salud




