Cómo distinguir un café bueno de uno malo: las pistas que sí sirven

Cómo distinguir un café bueno de uno malo: las pistas que sí sirven

En una bolsa de café caben muchas palabras que suenan bien: «premium», «gourmet», «intenso», «selección» o «100 % arábica». Ninguna de ellas, por sí sola, nos dice si dentro hay un café de buena calidad. Tampoco existe una prueba infalible que podamos hacer en diez segundos. Hay que juntar varias señales: qué información ofrece el envase, cuándo se tostó, cómo está el grano, qué aroma desprende y, finalmente, qué ocurre cuando lo bebemos.

Además, conviene separar dos cosas que solemos mezclar. Un café puede estar bien producido, tostado y preparado y, aun así, no gustarnos. La Specialty Coffee Association distingue precisamente entre características físicas, descripción sensorial, preferencia personal e información sobre origen o procesado. Por eso, cuando hablamos de distinguir un café bueno de uno malo, no estamos buscando un sabor único que deba gustar a todo el mundo, sino señales razonables de calidad y posibles defectos.

El envase ya nos cuenta bastante antes de abrirlo

La primera información que merece nuestra atención es la fecha de tueste. Es mucho más útil para valorar frescura que una simple fecha de consumo preferente. El café tostado cambia desde el primer día: pierde dióxido de carbono y compuestos aromáticos y, con el tiempo y la entrada de oxígeno, aparecen sabores apagados o incluso rancios. La SCA señala que las primeras semanas son especialmente dinámicas y que, al moler el café, esa pérdida se acelera muchísimo.

Esto no significa que al día 22 haya que tirar una bolsa. Sería convertir una referencia sobre frescura en una falsa fecha de caducidad. Sí significa que, si podemos elegir, interesa saber cuándo se ha tostado y comprar una cantidad que vayamos a consumir en un plazo razonable.

También tenemos más control si compramos café en grano y lo molemos en casa. Una vez molido aumenta enormemente la superficie expuesta al aire y la pérdida de gases y aromas se acelera. Si usamos café a diario, un molinillo de café permite, además, ajustar la molienda a la cafetera y moler solo lo que necesitamos.

Otro buen indicio es la trazabilidad. País, región, finca o cooperativa, variedad, proceso y nivel de tueste nos permiten saber mejor qué estamos comprando. Que una bolsa dé mucha información no garantiza que el café sea excelente, pero sí ofrece más pistas que una etiqueta apoyada únicamente en palabras como «premium» o «gourmet». De hecho, la información de origen, trazabilidad y procesado forma parte de los atributos que actualmente contempla la SCA al evaluar el valor de un café.

En España hay que mirar una palabra más: natural, torrefacto o mezcla

Aquí tenemos una particularidad que merece atención. La normativa española distingue entre café de tueste natural, café torrefacto y mezclas de ambos. En el torrefacto se añade sacarosa o jarabe de glucosa antes de terminar el tueste; la norma permite hasta 15 kilos de esos azúcares por cada 100 kilos de café verde. Cuando el producto mezcla natural y torrefacto, el etiquetado debe indicar sus porcentajes.

Eso no convierte automáticamente cualquier torrefacto en «café malo». Son dos cuestiones distintas. Lo que sí cambia es el producto: ya no estamos probando únicamente café tostado, porque se ha incorporado azúcar durante el proceso. Si queremos apreciar con mayor claridad el carácter propio del grano y comparar cafés por su origen, variedad o tueste, el tueste natural nos facilita esa comparación.

También conviene desconfiar de otra equivalencia muy repetida: «100 % arábica» no es un certificado de calidad. Hay arábicas excelentes y arábicas mediocres, y la consideración del robusta dentro del café de calidad es bastante más amplia y matizada de lo que fue durante años. En Rechupete tenemos explicadas las diferencias entre café arábica y robusta. La especie importa, pero no sustituye al cultivo, la selección, el procesado, el tueste ni la preparación.

Qué podemos descubrir al mirar los granos

Abrir la bolsa permite hacer una segunda revisión. No necesitamos que todos los granos parezcan fabricados con molde. El café es un producto agrícola y cierta variación es normal. Pero una cantidad llamativa de granos rotos, muy dañados o claramente anómalos puede indicarnos que merece la pena prestar más atención al resto de señales.

Aquí tampoco conviene jugar a catadores profesionales solo con la vista. La investigación actual financiada por la Coffee Science Foundation está revisando precisamente hasta qué punto distintos defectos físicos se traducen en defectos sensoriales, y algunos problemas importantes, como determinados defectos fenólicos o de moho, ni siquiera se reconocen necesariamente a simple vista. Un grano bonito no garantiza una taza buena.

El color también necesita contexto. Un tueste oscuro no es sinónimo de mal café, del mismo modo que uno claro no es automáticamente mejor. El tueste es una de las variables que más transforma el aroma y el sabor y, según la investigación recopilada por la SCA, el color de tueste resulta especialmente importante para predecir el perfil sensorial.

Un café muy oscuro puede ofrecernos un perfil donde las notas del tostado tengan mucha más presencia. Si huele y sabe constantemente a quemado o ceniza y no encontramos nada más, tenemos una señal que merece atención. Pero elegir un tueste oscuro porque preferimos cafés potentes es una cuestión de gusto, no un error de compra.

El aroma suele delatar antes los problemas que el color

Antes de preparar nada, olemos el grano y, mejor todavía, el café recién molido. Queremos encontrar un aroma definido y vivo, aunque no sepamos ponerle nombres de rueda de cata. Puede recordarnos a cacao, frutos secos, fruta, flores, caramelo, especias o simplemente a un tostado agradable.

Más preocupante resulta un café que huele casi a nada, a cartón viejo, a aceite rancio, a humedad, a moho o con un carácter químico o medicinal extraño. La oxidación del café tostado puede terminar generando sabores desagradables o rancios, y algunos defectos sensoriales importantes no son visibles en el grano.

No hace falta convertir cada taza en un examen. Si abrimos una bolsa recién comprada y el café tiene un aroma plano y apagado, ya tenemos una señal bastante más útil que cualquier palabra llamativa impresa en el frontal.

En la taza, un buen café no tiene que ser ni suave ni poco amargo

Uno de los errores más comunes consiste en pensar que la acidez es mala y el amargor también. El café contiene compuestos que participan en ambas sensaciones y pueden formar parte de una taza excelente. Los ácidos no producen únicamente sabor agrio: también intervienen en aromas, amargor, astringencia, sensación en boca e incluso en la percepción de otros sabores.

Para una prueba doméstica resulta más útil fijarnos en el conjunto. Buscamos sabores reconocibles, una sensación relativamente limpia, cierta dulzura natural, un amargor que no aplaste todo lo demás y un retrogusto agradable. Un café de calidad no tiene por qué ser delicado: puede ser intenso, tener mucho cuerpo y mostrar bastante tostado. El problema aparece cuando esa intensidad no deja sitio a nada más que quemado, aspereza o un amargor desagradable que permanece demasiado.

Y cuidado con la crema del espresso. Una capa gruesa y bonita no demuestra por sí sola que el café sea bueno. El dióxido de carbono retenido en un café fresco favorece la formación de crema, de modo que esta también está relacionada con la frescura y con la preparación, no únicamente con la calidad del grano. Podemos hacer un café espresso visualmente estupendo y descubrir después que la taza no nos convence.

Antes de condenar el café, revisemos la preparación

Este punto evita muchas sentencias injustas. El mismo café puede saber muy distinto según cómo lo extraigamos. Investigaciones realizadas con los mismos granos y distintas condiciones de preparación han encontrado cambios importantes en la percepción del sabor agrio y de la acidez simplemente modificando variables de extracción.

Si una taza sale demasiado agria, aguada, amarga o áspera, revisamos primero la molienda, la cantidad de café, la proporción entre café y agua, el tiempo de contacto y el método utilizado. Una molienda que funciona en una prensa francesa no tiene por qué funcionar en espresso; tampoco podemos comparar dos cafés si uno se ha preparado con una receta completamente distinta.

Por eso, para saber de verdad si una bolsa merece la pena, conviene preparar dos o tres tazas manteniendo el mismo método y unas proporciones parecidas. Si el defecto persiste después de corregir la preparación, entonces tenemos mejores motivos para señalar al café.

Una prueba casera sencilla para comparar dos cafés

No necesitamos cucharas de cata ni una ficha profesional. Preparamos los dos cafés con la misma cafetera, la misma agua y una proporción equivalente. En la primera prueba los tomamos sin leche ni azúcar, porque ambos ingredientes modifican claramente lo que percibimos.

Primero olemos el café molido. Después probamos la bebida caliente y volvemos a hacerlo cuando haya perdido algo de temperatura. Dejar enfriar unos minutos ayuda bastante: cuando la bebida está abrasando resulta mucho más difícil prestar atención a sus distintos matices.

En vez de buscar sabores imposibles, nos hacemos preguntas sencillas. ¿Huele claramente? ¿Podemos distinguir algo además de tostado? ¿El amargor desaparece al tragar o se queda pegado? ¿Aparece dulzor? ¿La acidez resulta agradable o parece un sabor agrio descompensado? ¿El final es limpio o deja ceniza, sequedad, humedad o rancidez?

Con dos cafés puestos uno al lado del otro las diferencias suelen resultar mucho más evidentes que probándolos con varios días de separación.

La crema, el precio y las palabras bonitas no compran calidad

Un precio alto tampoco garantiza un gran café. Puede responder al origen, la producción, las certificaciones, los costes, la marca o su posicionamiento comercial. Algunos de esos factores pueden aportar valor, pero no sustituyen lo que encontramos finalmente en la taza.

Lo mismo sucede con términos como «gourmet», «premium», «intenso» o «selección». Nosotros necesitamos información más concreta. La SCA ha evolucionado precisamente hacia un modelo que no reduce el valor del café a una sola puntuación y contempla por separado características físicas, sensoriales, preferencias e información externa como origen, trazabilidad y procesado.

Una lista rápida para acertar más al comprar

  • Preferimos una fecha de tueste identificable frente a un envase que solo nos da una fecha lejana de consumo preferente.
  • Si tenemos molinillo, elegimos grano entero y molemos lo necesario.
  • Buscamos información sobre origen, proceso, variedad y tueste cuando esté disponible.
  • Si queremos apreciar el grano sin azúcar añadido durante el tostado, escogemos tueste natural.
  • No damos por hecho que 100 % arábica significa automáticamente mejor.
  • No descartamos un café solo por tener tueste oscuro, pero vigilamos aromas y sabores claramente quemados o cenicientos.
  • No usamos la cantidad de crema como examen de calidad.
  • Y, sobre todo, juzgamos el café después de prepararlo correctamente y probarlo sin ingredientes que oculten sus defectos.

Un café bueno debería seguir siendo reconocible cuando lo usamos en otras preparaciones

Una vez encontramos un café que nos gusta solo, tenemos una base mucho mejor para cualquier bebida. En un capuchino la leche modifica y suaviza la percepción, pero el espresso sigue siendo la base de la bebida; y en un affogato el contraste con el helado funciona mejor si el café no aporta solamente amargor.

En nuestra sección de recetas de cafés hay muchas formas de prepararlo, pero el criterio de partida es el mismo: no decidir por una palabra del envase, por el color del grano o por una crema espectacular. La calidad aparece cuando varias buenas señales coinciden y la taza mantiene aroma, sabor y un final agradable sin defectos dominantes.

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Sobre el autor

1 comentario en “Cómo distinguir un café bueno de uno malo: las pistas que sí sirven”

  1. JAIME

    Hay bastantes recomendaciones sobre el propio café,pero sobre un elemento (más abundante que el café) siempre presente,no se dice nada.¡Qué pasa con el agua a utilizar?

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