El informe SOFI 2026 deja dos datos que, a primera vista, parecen chocar. En 2025, el coste medio mundial de una dieta saludable alcanzó los 4,28 dólares PPA por persona y día, el valor más alto de la serie. Al mismo tiempo, la proporción de población que no podía permitírsela bajó hasta el 32,7 %. Comer de forma saludable se ha encarecido, pero la capacidad de compra no ha evolucionado igual en todos los países.
SOFI son las siglas de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, el informe anual elaborado conjuntamente por la FAO, el FIDA, UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos y la Organización Mundial de la Salud.
La cifra sigue siendo enorme: alrededor de 2.690 millones de personas, prácticamente una de cada tres, no cuentan con ingresos suficientes para cubrir esa alimentación y atender además otros gastos básicos. La mejora del promedio mundial tampoco se reparte de forma equilibrada. Mientras varias regiones avanzan, en África aumenta el número de personas que quedan fuera.
El SOFI 2026 se publicó en julio de 2026, pero sus últimas estimaciones se refieren a 2025. Además, esos 4,28 dólares no representan una cantidad que podamos cambiar directamente a euros ni un presupuesto real para hacer la compra. Son una medida internacional pensada para comparar países con niveles de precios muy diferentes.

Qué entiende el SOFI por una dieta saludable
El informe define una dieta saludable como aquella que es adecuada, equilibrada, variada y moderada. Para calcular su coste utiliza una cesta de referencia formada por los alimentos más baratos disponibles en cada país que permiten cubrir unas pautas alimentarias básicas.
Esa cesta contiene 11 alimentos repartidos en seis grupos: alimentos básicos ricos en almidón; alimentos de origen animal; legumbres, frutos secos y semillas; aceites y grasas; frutas; y hortalizas. En conjunto aporta unas 2.330 kilocalorías diarias para una persona adulta de referencia.
No es un menú cerrado ni una recomendación para comer exactamente esos productos. Tampoco refleja las preferencias de cada familia, las costumbres culturales, las alergias, la calidad percibida, la comodidad o el tiempo disponible para cocinar. El indicador busca otra cosa: calcular el presupuesto mínimo teórico necesario para comprar una combinación saludable con productos disponibles localmente.
También deja fuera el gasto de preparar esa comida. El combustible, la electricidad, el agua, los utensilios, el tiempo de cocina y el desperdicio doméstico pueden aumentar bastante el coste real. Por eso, presentar los 4,28 dólares PPA como “lo que cuesta comer sano al día” sin más explicación sería engañoso.
Por qué se expresa en dólares PPA y no en euros
Las siglas PPA significan paridad de poder adquisitivo. Esta unidad permite comparar cuánto puede comprarse en distintos países teniendo en cuenta sus niveles de precios. No utiliza el cambio habitual de divisas que vemos en un banco o en una aplicación financiera.
Dicho de forma sencilla, un dólar PPA no equivale a un dólar que podamos sacar de la cartera. Sirve para colocar países muy distintos sobre una base común. Por eso, los 4,28 dólares PPA no deben convertirse al tipo de cambio del día para concluir cuánto debería gastar una persona en España.
El indicador tampoco mide lo que los hogares compran realmente. Busca los productos más baratos de cada grupo alimentario, aunque en la práctica muchas personas elijan otros por sabor, disponibilidad, tradición, marca, formato o facilidad de preparación. Es un suelo de coste, no una factura de supermercado.

El coste ha subido con fuerza desde 2017
La serie mundial muestra una subida clara. El coste medio era de 2,94 dólares PPA diarios en 2017, pasó a 3,44 dólares PPA en 2021 y llegó a 4,28 dólares PPA en 2025.
Hay un matiz metodológico importante. Los precios detallados de los alimentos proceden de la ronda internacional de 2021. Las cifras de otros años se proyectan utilizando los índices nacionales de precios de los alimentos. El dato de 2025 es, por tanto, una estimación comparable y útil, pero no una nueva cesta calculada producto por producto en todos los países durante ese año.
Esto importa porque el precio de los productos concretos que forman la cesta saludable puede moverse de manera distinta al índice general de alimentos. Una mala cosecha de fruta, un problema de transporte o un aumento de la energía puede encarecer algunos grupos mucho más que otros.
Menos personas sin acceso, pero una desigualdad enorme
Aunque el coste ha aumentado, la proporción de personas que no pueden permitirse una dieta saludable ha descendido. En 2021 afectaba al 37,4 % de la población mundial, unos 2.970 millones de personas. En 2025 bajó al 32,7 %, alrededor de 2.690 millones.
La explicación no está en que la comida se haya abaratado, sino en que, de forma agregada, el coste de la cesta aumentó menos que los ingresos totales. El cálculo de asequibilidad compara el precio de la dieta con la distribución de ingresos de cada país y reserva también una parte para otras necesidades esenciales, como vivienda, ropa, transporte o servicios básicos.
Ese descenso mundial puede dar una impresión demasiado optimista. En los países de ingresos bajos, el 76,1 % de la población no puede pagar una dieta saludable. Son cerca de 488 millones de personas, más que en 2017. Además, más de la mitad de quienes no pueden permitírsela viven en países de ingresos medianos bajos.
No poder pagar esta cesta tampoco equivale automáticamente a pasar hambre. El hambre se relaciona con una ingesta de energía insuficiente de forma habitual; la falta de asequibilidad indica que los ingresos no alcanzan para comprar el mínimo saludable y cubrir otros gastos esenciales. Un hogar puede obtener suficientes calorías a base de productos baratos y, aun así, no disponer de una alimentación variada.
Una dieta puede tener un coste parecido en dos países y ser asumible en uno e imposible en otro. El precio de los alimentos no explica por sí solo la asequibilidad; los ingresos, la pobreza y el coste del resto de necesidades básicas pesan tanto o más.

África concentra el problema más grave
En África, el 66,6 % de la población no podía permitirse una dieta saludable en 2025. La cifra supera los 1.031 millones de personas y ha empeorado respecto a 2021. Es la única gran región donde el porcentaje aumentó durante ese periodo.
Asia presenta un porcentaje menor, el 28,9 %, pero concentra el mayor número absoluto: alrededor de 1.399 millones de personas. El tamaño de su población explica buena parte de esa diferencia.
América Latina y el Caribe registra el coste regional más elevado, con 4,91 dólares PPA diarios, aunque la falta de asequibilidad se sitúa en el 25,7 %. Este contraste demuestra de nuevo que el precio de la cesta y la capacidad para pagarla son indicadores relacionados, pero no idénticos.
En Europa, el coste medio estimado alcanza los 3,97 dólares PPA diarios y el 8,2 % de la población no puede permitirse esa dieta. Para Europa meridional, el informe calcula 4,62 dólares PPA y una falta de asequibilidad del 10,3 %. Son promedios regionales: no permiten deducir automáticamente cuál es el coste concreto en España ni la situación de cada hogar.

Los alimentos que aportan variedad son los que más pesan en el precio
Las calorías más baratas proceden principalmente de los alimentos básicos ricos en almidón y de las grasas. El problema aparece cuando la dieta tiene que aportar también variedad, micronutrientes y distintos tipos de alimentos.
Los alimentos de origen animal proporcionan aproximadamente el 13 % de la energía de la cesta, pero representan el 28 % de su coste. Las frutas y las hortalizas aportan juntas cerca del 12 % de las calorías y concentran alrededor del 40 % del coste total.
Los aceites y las grasas ofrecen otro contraste: aportan aproximadamente el 13 % de las calorías, pero solo suponen un 5 % del coste. Esto ayuda a entender por qué cubrir las necesidades energéticas puede ser relativamente barato mientras que mantener una dieta variada y nutritiva resulta mucho más difícil.
El informe no sostiene que todos los productos animales, frutas u hortalizas sean caros en cualquier país. Su peso cambia según la región. En África destacan los alimentos de origen animal; en América Latina y el Caribe, las hortalizas; y en otras zonas pueden pesar más la fruta, la mano de obra o la distribución.

El precio no se decide solo en el campo
Una parte importante de lo que paga el consumidor se acumula después de la producción agrícola. Las actividades posteriores a la explotación representan entre el 70 % y el 75 % del gasto alimentario: transporte, almacenamiento, transformación, distribución y venta.
Los productos frescos y perecederos son especialmente sensibles. Necesitan recogida y manipulación cuidadosas, transporte rápido, refrigeración y menos interrupciones durante el recorrido. Cuando faltan carreteras adecuadas, almacenes, cadenas de frío o información de mercado, aumentan las pérdidas y cada unidad que llega al consumidor acaba soportando más costes.
La energía y la mano de obra también tienen un efecto desigual. Las frutas, las hortalizas, las legumbres y muchos alimentos de origen animal requieren más trabajo que los cereales y ofrecen menos posibilidades de mecanización. En el caso de las hortalizas, además, pesan mucho la refrigeración y el suministro eléctrico.
Por eso, una política centrada únicamente en producir más cereal puede mejorar la disponibilidad de calorías sin abaratar de forma suficiente una dieta completa. El SOFI detecta precisamente un desajuste: gran parte del apoyo agrícola mundial sigue concentrado en cereales, azúcar, lácteos, carne de vacuno y cultivos oleaginosos, mientras otros alimentos nutritivos reciben menos atención.

Qué propone el informe para abaratar una dieta saludable
El SOFI 2026 descarta una solución única para todos los países. Las medidas deben dirigirse a los grupos alimentarios y a los puntos de la cadena que más encarecen la dieta en cada región.
Una primera línea pasa por aumentar la productividad de frutas, hortalizas y legumbres, con investigación agrícola, mejores semillas, riego fiable y acceso a tierra e insumos. No basta con obtener más producción: hay que evitar que se pierda antes de llegar al mercado.
La segunda línea afecta a la logística y la cadena de frío. Mejores carreteras, almacenamiento, transporte, procesamiento e información comercial pueden reducir mermas y diferencias de precios entre zonas. En los alimentos perecederos, este tramo puede resultar más decisivo que una ayuda aplicada únicamente en la explotación.
El informe también plantea reorientar subvenciones y compras públicas. Las ayudas generales a productos básicos que ya son baratos aportan poco a la reducción del coste de una dieta saludable y pueden desviar tierra, trabajo o inversión de otros alimentos. El objetivo sería favorecer una oferta más diversa sin provocar daños ambientales ni dejar atrás a los pequeños productores.
A estas medidas deben sumarse la facilitación del comercio, la reducción de costes energéticos y de fertilizantes, la protección social y políticas que faciliten elecciones saludables. Bajar el coste no garantiza por sí solo que la población coma mejor. También influyen la educación alimentaria, la publicidad, la disponibilidad en el barrio, el tiempo para cocinar y los hábitos de consumo.
Qué nos dice este informe y qué no
El SOFI 2026 no ofrece una lista de la compra barata ni demuestra que cualquier persona pueda comer de forma saludable con 4,28 dólares al día. Tampoco calcula el presupuesto real de una familia española. Su valor está en mostrar cuánto cuesta el mínimo saludable en relación con los precios y los ingresos de cada país.
La principal conclusión no es que comer sano sea siempre caro, sino que los alimentos necesarios para aportar variedad suelen depender de cadenas más frágiles, costosas y desiguales que las fuentes baratas de energía. Producir suficientes calorías es una parte del problema; conseguir que fruta, hortalizas, legumbres y otros alimentos nutritivos lleguen a precios asumibles es otra bastante más compleja. La mejora mundial desde 2021 es real, pero insuficiente. Mientras casi una de cada tres personas no pueda permitirse una dieta saludable, el acceso a una alimentación adecuada seguirá dependiendo demasiado del lugar de nacimiento, los ingresos y la eficacia del sistema alimentario que haya detrás de cada mercado
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