La comida también se sube al escenario: los festivales convierten la gastronomía en parte del espectáculo

La comida también se sube al escenario: los festivales convierten la gastronomía en parte del espectáculo

En el Rototom de este verano podremos pasar de un café a un plato de pollo jerk jamaicano, probar después cocina india, comer un guiso de África occidental, pedir carne argentina con chimichurri y terminar con una horchata valenciana sin salir del recinto. Hace unos años, la comida de muchos festivales se resolvía con algo rápido entre concierto y concierto. Aquí ocurre otra cosa: lo que se come forma parte de lo que el festival quiere contar.

No es únicamente una cuestión de tener más puestos. Rototom, Sonorama Ribera y la Semana Renacentista de Medina del Campo están utilizando la gastronomía de tres maneras distintas: como escaparate de cocinas internacionales, como forma de enseñar el producto y la identidad del territorio y como herramienta para sacar la actividad del recinto y repartirla por bares y restaurantes. La comida ha dejado de ser un servicio auxiliar para entrar en la programación cultural.

Rototom: cuando el festival también se recorre comiendo

Rototom Sunsplash vuelve a Benicàssim este agosto. La fiesta de bienvenida será el día 16 y la programación principal se desarrollará del 17 al 22. El festival lleva años construyendo alrededor del reggae algo bastante más amplio que una sucesión de conciertos, con debates, actividades familiares, baile, sostenibilidad, artesanía y, cada vez con más claridad, gastronomía internacional.

La guía gastronómica de esta edición recoge más de veinte propuestas dentro del recinto, mientras que la información publicada por El País habla de un recorrido de 25 puestos. Más interesante que discutir la cifra exacta es mirar qué hay detrás de ellos: cocina japonesa, india, jamaicana, africana, argentina, tailandesa, italiana y diferentes propuestas de cafetería, heladería y bebidas. Todo ello en un festival cuya edición de 2025 reunió a 218.000 personas procedentes de un centenar de nacionalidades.

Uno de los mejores ejemplos es el pollo jerk, ligado directamente a Jamaica y a la cultura que dio origen al reggae. El festival también incorpora platos de la región india de Uttarakhand, entre ellos pollo tikka masala, korma o chana masala; gastronomía de África occidental con preparaciones como el mafé senegalés; y una parrilla argentina con chorizo criollo, ternera y chimichurri. Aquí la nacionalidad del plato no está puesta como decoración: ayuda a prolongar con comida la mezcla cultural que ya existe sobre los escenarios.

Hasta una pizza cambia de sentido dentro de esta propuesta. Rototom tendrá pizzas hechas en horno de leña instalado para el festival, además de helados artesanos, zumos de caña, mojitos, café, té matcha y horchata. A esto se suma una oferta vegana, vegetariana y sin gluten bastante más desarrollada que la clásica alternativa testimonial de muchos eventos multitudinarios.

La organización extiende además esa mirada a la sostenibilidad y el consumo. El área Pachamama programa actividades relacionadas con agroecología y plantas silvestres comestibles y convierte la alimentación en otra forma de hablar de medio ambiente, inclusión y comunidad. En este caso, comer también expresa la identidad cultural del festival.

Sonorama utiliza la gastronomía de otra manera: aquí importa el territorio

Sonorama Ribera acaba de terminar su edición de 2026 en Aranda de Duero y plantea un modelo diferente. No necesita reunir cocinas de medio mundo porque tiene a pocos kilómetros una identidad gastronómica y vinícola muy reconocible.

El propio nombre del festival lleva años unido a Ribera del Duero, y la programación diurna ha incluido catas de vino y actividades en bodegas. Este año también ha habido cocina en directo: Rubén Fenollar participó con un showcooking en el que preparó una paella de cerdo con costilla, longaniza fresca, fruta y queso de Burgos. La cocina entra así en el programa con la misma lógica que otros contenidos paralelos al escenario.

Pero quizá lo más interesante ocurre fuera de las horas del festival. La Ruta del Vino Ribera del Duero ha utilizado Sonorama para lanzar el mensaje «Ven por la música, vuelve por la Ribera». El objetivo está bastante claro: que alguien llegue por un grupo y termine descubriendo vino, gastronomía local, patrimonio y paisaje, y que ese descubrimiento sirva para provocar otra visita cuando ya no haya conciertos.

Aquí la comida no intenta transportar al público a Jamaica, Senegal o India. Hace justo lo contrario. Sirve para recordar continuamente dónde estamos.

Ese cambio es importante. Los grandes eventos mueven durante unos días a decenas de miles de personas y los territorios han empezado a entender que esa concentración de público es también un enorme escaparate. La gastronomía permite enseñar algo que el visitante puede volver a buscar cuando el escenario ya se ha desmontado: producto local, restaurantes, bodegas, recetas y formas de comer propias de la zona.

Medina del Campo lleva el festival directamente a los bares

La Semana Renacentista de Medina del Campo ofrece un tercer modelo. Desde hoy, 13 de agosto, hasta el domingo 16, su programa gastronómico no se concentra en un recinto específico, sino que recorre la localidad.

La ruta reúne 16 establecimientos con tapas preparadas para la ocasión, con un precio máximo recomendado de tres euros. Paralelamente funciona el Correcopas, con combinados, gin-tonics, alternativas sin alcohol y cócteles tematizados. El listado publicado incluye bares, cafeterías, restaurantes y hasta una churrería.

Esto cambia la relación entre fiesta y restauración. El visitante no compra únicamente una comida porque tenga hambre. La propia ruta de tapas se convierte en una actividad: hay que moverse, entrar en distintos establecimientos y recorrer otras zonas de la localidad.

Para la hostelería local supone además una forma de participar directamente en uno de los momentos con mayor afluencia turística del año. El evento deja así de estar encerrado en sus representaciones históricas, desfiles o mercado renacentista y se mete también en las barras y las cocinas del municipio.

El viejo «puesto para comer algo» se ha quedado pequeño

El denominador común de estos ejemplos es bastante sencillo. Durante años, gran parte de la comida de festival respondió a una necesidad logística: servir muchas raciones, deprisa y en un espacio reducido. Bocadillos, hamburguesas, perritos, pizza y patatas solucionaban el problema.

Ese modelo no ha desaparecido, ni falta que hace. La street food continúa funcionando especialmente bien en un festival porque permite comer de pie, compartir, moverse y volver rápido a un concierto. Lo que está cambiando es lo que se espera de ella.

Ahora la comida también tiene que diferenciar al evento. Puede hacerlo recuperando una receta de otro país, utilizando un horno de leña, trabajando con productores cercanos, ofreciendo opciones adaptadas a diferentes dietas o llevando a un cocinero a preparar un plato delante del público.

Hasta los formatos más sencillos pueden tener una historia detrás. Una hamburguesa deja de ser únicamente una hamburguesa cuando el festival escoge qué carne utiliza, quién la prepara y de dónde procede. Lo mismo sucede con una pizza, un bocadillo, una cerveza artesana o un café. La diferencia entre comida de trámite y propuesta gastronómica está cada vez menos en el formato y más en el criterio.

La cocina internacional y el producto local no compiten

A primera vista puede parecer que Rototom y Sonorama están haciendo cosas opuestas. Uno trae al recinto sabores de numerosos países y el otro intenta que el visitante descubra Aranda y la Ribera del Duero.

En realidad responden a la misma pregunta: ¿qué queremos que recuerde alguien después de comer aquí?

En Rototom la respuesta está en la diversidad. Probar un curry, un jerk jamaicano o un plato senegalés prolonga la idea de encuentro entre culturas que define el festival.

En Aranda, en cambio, el recuerdo se construye alrededor del vino y la gastronomía del territorio. Y Medina del Campo incorpora a sus propios establecimientos para que la experiencia de la fiesta pase también por la mesa.

Son tres formas de utilizar la cocina como contenido.

Cuando la comida entra en el cartel, también cambia el festival

El crecimiento de la gastronomía dentro de estos eventos no significa que la gente vaya a dejar de comprar una entrada por la música. La jerarquía sigue estando bastante clara en la mayoría de los casos.

Lo que sí ha cambiado es la experiencia del festival. Cada vez hay más elementos compitiendo por llenar las horas que quedan entre dos conciertos: mercados, talleres, zonas familiares, charlas, actividades deportivas, espacios de descanso y gastronomía.

La cocina tiene una ventaja frente a casi todos ellos: todo el mundo tiene que comer.

Eso permite convertir una necesidad inevitable en otra parte de la programación. El público puede descubrir cocina internacional, probar un plato que no suele encontrar en su ciudad, conocer un producto de proximidad o entrar en un establecimiento local que probablemente no habría visitado sin el festival.

Y ahí está el cambio de fondo. La comida ya no aparece únicamente cuando termina un concierto y tenemos hambre. En algunos festivales empieza a tener relato, nombres propios, actividades y objetivos culturales o turísticos.

No hay luces ni amplificadores, pero la gastronomía también se ha subido al escenario.

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Categorías: Actualidad gastronómica Fiestas y eventos Recetario de cocina

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