Lasañas, tortillas y pollo asado: por qué los platos preparados llenan cada vez más el supermercado

Lasañas, tortillas y pollo asado: por qué los platos preparados llenan cada vez más el supermercado

En un supermercado grande ya podemos resolver una comida completa sin comprar un solo ingrediente crudo. Podemos empezar con un poco de hummus, seguir con una lasaña, añadir unas croquetas y terminar con una tarta refrigerada. Ni siquiera hace falta pasar por casa: algunas tiendas tienen mesas, cubiertos y microondas para comer allí mismo.

La oferta de platos preparados tampoco se limita a las pizzas congeladas y las latas de toda la vida. En los lineales refrigerados, congeladores, asadores y mostradores calientes encontramos recetas que hasta hace poco asociábamos con una cocina doméstica o con el menú de un bar.

El resultado se nota en las cifras. Durante 2025 se consumieron en España más de 715.000 toneladas de platos preparados, alrededor de 18 kilos por persona, y el sector facturó unos 4.309 millones de euros. El refrigerado, además, ya genera más de la mitad del valor del mercado.

Este crecimiento no demuestra que hayamos dejado de cocinar. Explica algo más concreto: cada vez estamos más dispuestos a pagar para que una parte del trabajo de la comida llegue hecha.

El lineal ya parece una carta

Basta con recorrer un supermercado para comprobar hasta dónde ha llegado la categoría. Junto a una lasaña de carne podemos encontrar versiones de verduras, atún, pollo o queso. A su lado aparecen canelones de carne, macarrones gratinados, espaguetis con distintas salsas y raciones individuales de pasta.

En las neveras hay tortilla de patatas con o sin cebolla, ensaladilla rusa, ensaladas montadas, cremas frías, gazpacho, salmorejo, hummus y guacamole. Los congeladores reúnen pizzas, nuggets, empanadillas, patatas, salteados, arroces y bolsas de verduras con salsa.

Los mostradores calientes amplían todavía más el menú. Allí se venden pollos asados, costillas, albóndigas, guisos, fideuás y arroces. También se han hecho habituales las bandejas de sushi, los pokes y las recetas internacionales que permiten cambiar de comida sin cambiar de establecimiento.

Incluso preparaciones que llevan bastante tiempo en casa se han normalizado como compra rápida. Es fácil encontrar croquetas de jamón, empanadillas de atún, lentejas con chorizo o una bandeja de paella de marisco para calentar.

El supermercado no ha creado un único producto de éxito. Ha construido un menú enorme formado por pequeñas soluciones para desayunos, aperitivos, comidas, cenas y picoteos.

Por qué compramos una lasaña que podríamos cocinar en casa

Tomemos una lasaña como ejemplo. Prepararla desde cero obliga a comprar pasta, carne, tomate, verduras, queso, leche, mantequilla y harina. Después hay que hacer el relleno, preparar la salsa, montar las capas, hornear y limpiar todo lo utilizado.

La versión refrigerada cuesta bastante más que la suma proporcional de los ingredientes de una ración. Aun así, puede parecer una compra razonable para una persona que vive sola, llega tarde o no quiere cocinar una fuente completa.

La comparación real no se hace únicamente entre precio del producto y coste de los ingredientes. También entran el tiempo, la electricidad, la planificación y el riesgo de que parte de la compra termine sin utilizarse. En un hogar de una o dos personas, comprar siete u ocho productos para elaborar dos raciones puede resultar menos práctico que llevarse una bandeja cerrada.

Con una tortilla sucede algo parecido. Hacerla en casa es barato, pero exige pelar, cortar, freír, cuajar y recoger. La preparada no gana por su coste, sino porque elimina pasos. Con unas croquetas ocurre aún más: una buena masa requiere cocción, enfriado, formado, rebozado y fritura. El supermercado cobra por haber convertido todo ese trabajo en unos minutos de horno, sartén o microondas.

No pagamos únicamente comida. Pagamos que alguien haya decidido la receta, comprado los ingredientes, cocinado, dividido las raciones, envasado y dejado el plato disponible cuando lo necesitamos.

El supermercado gana más cuando vende la receta terminada

Una patata, un litro de leche o un paquete de pasta son productos fáciles de comparar. El comprador puede revisar rápidamente cuánto cuestan en distintas tiendas y cambiar de marca sin que la comida final varíe demasiado.

Una lasaña preparada es diferente. Dos bandejas pueden pesar lo mismo y tener distinta cantidad de carne, salsa, pasta o queso. También cambian la receta, la presentación, la textura y la marca. Esa dificultad para comparar permite trabajar con más valor añadido y reducir la competencia basada exclusivamente en unos céntimos por kilo.

La transformación ofrece varias ventajas comerciales:

  • El supermercado vende en una sola bandeja varios ingredientes procesados y combinados.
  • El precio incluye elaboración, envasado, conservación y comodidad.
  • La receta puede comercializarse con marca propia y diferenciarse de la competencia.
  • Una ración preparada favorece compras complementarias de pan, bebidas, postres o aperitivos.
  • El consumo inmediato obliga a volver con mayor frecuencia que la compra de productos de despensa.
  • La tienda entra en comidas que antes resolvían los bares, los restaurantes o el reparto a domicilio.

También cambia la percepción del precio. Pagar seis euros por los ingredientes de una receta y cocinarla puede parecer barato. Pagar seis euros por una bandeja lista para dos personas puede parecer cómodo. El importe es el mismo, pero el comprador está valorando productos distintos.

Pizza, pasta y patatas: dónde se mueve el mayor volumen

La imagen más visible del auge puede ser el mostrador caliente, aunque una parte enorme del negocio sigue estando en productos muy conocidos.

La pizza continúa siendo uno de sus pilares. En 2025 se vendieron unas 131.600 toneladas de pizzas preparadas. El producto reúne casi todo lo que busca la distribución: se conserva bien, tiene un precio accesible, admite numerosas variedades y puede venderse refrigerado, congelado o recién horneado.

Por supuesto, una pizza industrial no ofrece el mismo control sobre la fermentación, la salsa o los ingredientes que una masa de pizza casera. Pero tampoco compite únicamente con ella. Muchas veces compite con llamar a una pizzería, esperar un reparto o improvisar la cena.

Las patatas congeladas superaron las 98.000 toneladas, mientras que los platos a base de pasta rondaron las 72.400 toneladas. En este último grupo entran lasañas, canelones, macarrones, tallarines y otras recetas capaces de funcionar como plato único.

Los arroces también encajan bien en este formato. Un arroz tres delicias puede venderse congelado en una bolsa para varias raciones, refrigerado en una bandeja individual o caliente en una sección de comida lista. La misma receta cubre así diferentes precios, tiempos de conservación y momentos de consumo.

El crecimiento más interesante se encuentra en los platos refrigerados. En 2025 concentraron cerca del 55 % de la facturación del sector. Tienen una vida más corta que los congelados, pero transmiten una sensación de mayor frescura y se parecen más a una comida recién cocinada.

El supermercado quiere vender la comida completa

Durante décadas, el negocio consistía en llenar la cesta de ingredientes. Ahora una parte de la estrategia pasa por vender directamente la ocasión de consumo.

Un pollo asado rara vez viaja solo. A su alrededor pueden venderse patatas, ensalada, pan, salsas, refrescos, cerveza y postre. La rentabilidad no depende únicamente del pollo, sino de todo lo que entra en la cesta porque hemos decidido no cocinar.

La ensaladilla puede impulsar la compra de picos, aceitunas y conservas. Una bandeja de hummus suele ir acompañada de pan de pita, crudités o aperitivos. Una lasaña puede arrastrar una ensalada y una botella de vino. La comida preparada sirve así como centro de una compra más amplia.

También genera visitas distintas. El cliente que compra arroz, aceite o legumbres puede tardar semanas en reponerlos. Quien se lleva el almuerzo del día puede volver mañana. Esa frecuencia de compra interesa especialmente a las cadenas porque aumenta las oportunidades de vender otros productos.

Mercadona ofrece el ejemplo más claro en España. La suma de su sección de comida lista para consumir y los platos refrigerados superó los 1.000 millones de euros durante 2025. La compañía está ampliando estas zonas en sus nuevos modelos de tienda porque ya no las considera un servicio secundario, sino una parte central de su negocio.

Carrefour, Alcampo, Lidl, Eroski y otras cadenas han desarrollado sus propias ofertas, aunque no todas siguen el mismo modelo. Algunas se apoyan en proveedores industriales; otras cocinan ciertos productos en la tienda; y muchas combinan platos de marca propia, referencias de fabricantes y mostradores atendidos.

Marca propia, recetas exclusivas y clientes que vuelven

La marca del distribuidor tiene un papel importante en este crecimiento. Una cadena puede vender una lata de atún muy parecida a la del supermercado de enfrente, pero tiene más margen para diferenciar una tortilla, una crema de verduras o una gama de recetas refrigeradas.

Puede ajustar el tamaño de las raciones, cambiar la cantidad de salsa, elegir el proveedor o reservar una receta concreta para sus tiendas. Si al comprador le gusta esa lasaña o esa ensaladilla, no puede adquirir exactamente el mismo producto en otro establecimiento.

Esto crea una forma de fidelidad más fuerte que una rebaja puntual. El cliente vuelve porque le gusta un plato concreto que identifica con esa cadena.

La comida preparada también permite renovar el catálogo con rapidez. Se pueden lanzar recetas de temporada, ediciones navideñas, platos de verano, opciones vegetarianas o sabores internacionales sin reorganizar todo el supermercado.

No todas estas novedades funcionan. Algunas desaparecen a los pocos meses porque venden poco, resultan caras o no soportan bien la conservación. Las que triunfan, sin embargo, pueden reproducirse en cientos de tiendas y convertirse en un producto de compra semanal.

No todo es margen: el frío, el personal y las mermas cuestan dinero

Presentar este mercado como un negocio automáticamente redondo sería engañoso. Los supermercados operan con márgenes generales bastante estrechos, y la comida preparada añade gastos que no existen en una caja de arroz o un bote de legumbres.

Los refrigerados necesitan mantener la cadena de frío desde la fábrica hasta el lineal. Los platos elaborados en tienda requieren instalaciones, limpieza, controles sanitarios y trabajadores. Los mostradores calientes consumen energía durante horas, aunque las ventas de ese día sean flojas.

Además, el tiempo corre en contra. Una pizza congelada puede almacenarse durante meses. Una ensaladilla, un pollo asado o una bandeja de sushi tienen una vida comercial mucho más corta.

Cada producto que caduca o se retira supone perder:

  • Los ingredientes.
  • Las horas de elaboración.
  • El envase.
  • La energía empleada.
  • El transporte y la refrigeración.
  • El espacio que ha ocupado en la tienda.

Por eso la rotación del producto importa tanto como el margen marcado en la etiqueta. Vender cien tortillas en una tienda con mucho tráfico puede ser una operación excelente. Prepararlas en un establecimiento que solo vende sesenta obliga a asumir el coste de las restantes.

Las cadenas necesitan prever qué se comprará en cada tienda, a qué hora y en qué día de la semana. Deben producir lo suficiente para no dejar el mostrador vacío, pero sin acumular sobrantes. Esa previsión explica por qué los grandes distribuidores parten con ventaja: manejan más datos, negocian mayores volúmenes y pueden repartir los costes entre cientos de establecimientos.

Cuando el supermercado empieza a competir con el bar

La frontera se vuelve todavía más borrosa cuando la tienda instala mesas, cubiertos, microondas o una zona de cafetería. El cliente ya no compra únicamente una bandeja para llevar a casa. Puede sentarse y comerla allí.

De ahí surge el término mercaurante, utilizado para describir establecimientos que mezclan supermercado y restauración. Para el comprador ofrecen rapidez y precios que suelen quedar por debajo de un menú servido. Para la hostelería suponen un competidor situado en un terreno intermedio.

Parte del sector hostelero sostiene que estas tiendas ofrecen comidas completas sin asumir exactamente las mismas obligaciones laborales, fiscales y administrativas que un bar o un restaurante. Los supermercados responden que venden productos alimentarios dentro de establecimientos autorizados y que el consumidor demanda espacios donde poder consumirlos.

Al margen de esta discusión, el desplazamiento ya es visible. Una cuarta parte de los compradores considera la comida preparada del supermercado una alternativa a bares y restaurantes. Eso significa que la pelea no se limita al presupuesto de la compra semanal. Afecta también al dinero destinado a almuerzos de trabajo, cenas rápidas y comidas fuera de casa.

Preparado no significa siempre lo mismo

La categoría mezcla productos muy diferentes. Un pollo asado, una ensalada montada, una crema de garbanzos y una pizza congelada son platos preparados, pero no tienen la misma receta, conservación ni composición.

Por eso no sirve concluir que todo lo preparado es malo, igual que tampoco tendría sentido considerar equilibrado cualquier producto por llevar verduras en la fotografía del envase.

Para comparar dos opciones conviene revisar cuatro puntos:

La lista de ingredientes. Los componentes aparecen ordenados de mayor a menor cantidad. Permite comprobar si una lasaña lleva una proporción razonable de carne y tomate o si predominan la pasta, la salsa y los espesantes.

La información por 100 gramos. Facilita comparar productos similares, especialmente en energía, grasas saturadas, azúcares y sal.

La cantidad del envase. Una bandeja presentada como ración individual puede contener bastante más comida de la que necesitamos o, al contrario, quedarse corta y obligarnos a completarla.

El papel que tendrá en la comida. No es igual utilizar una tortilla preparada junto a una ensalada y fruta que cenar de forma habitual productos empanados, fritos y acompañados de salsas.

También conviene mirar la fecha de caducidad, las instrucciones de conservación y si el envase permite guardar una parte con seguridad. Comprar una bandeja grande porque sale mejor de precio deja de ser un ahorro cuando terminamos tirando la mitad.

La cocina doméstica no desaparece, pero se reparte el trabajo

El crecimiento de los platos preparados no obliga a elegir entre cocinar todos los días desde cero o vivir de bandejas. La situación más habitual está quedando en medio.

Podemos comprar una crema ya hecha y preparar el segundo plato. Utilizar unas legumbres cocidas como base, acompañar un pollo asado con una ensalada casera o guardar una pizza para una noche en la que no tenemos tiempo. La comida se construye mezclando ingredientes crudos, productos semielaborados y platos terminados.

Ese modelo explica por qué el supermercado quiere cubrir todos los pasos. Vende la harina y la masa de pizza, pero también la pizza lista. Ofrece garbanzos secos, garbanzos cocidos y hummus. Tiene huevos y patatas junto a tortillas refrigeradas. Deja que el comprador decida cuánto trabajo quiere asumir.

Para la distribución, cada paso que evita el cliente puede convertirse en facturación. Para el consumidor, la comodidad merece la pena cuando ahorra tiempo sin disparar el precio, el desperdicio o la frecuencia con la que recurre a opciones poco variadas.

El negocio no depende de que dejemos de cocinar por completo. Le basta con quedarse con aquellas comidas en las que cocinar nos parece menos conveniente que abrir, calentar y servir.

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