Para 6
1.35€/pers.
210kcal/100g
Ingredientes
- 125 g de yogur natural o yogur griego natural
- 400 g de garbanzos cocidos y bien escurridos
- 4 huevos M
- 30 ml de aceite de oliva virgen extra
- 12 g de psyllium husk molido
- 12 g de levadura química
- 1 cucharadita de zumo de limón
- 1 cucharadita rasa de sal
- 1/2 cucharadita de ajo en polvo
- 1/2 cucharadita de orégano seco
- 1 cucharada de semillas de sésamo o de calabaza para la superficie, opcional.
Hay panes que nacen para lucirse en la mesa y otros que se ganan el sitio por puro sentido práctico. Este pan de garbanzos sin harina y sin gluten está claramente en el segundo grupo, aunque luego salga del horno con una pinta estupenda. No busca imitar al milímetro una barra clásica, ni falta que le hace. Aquí la gracia está en conseguir un pan tierno, con miga húmeda, fácil de cortar y con ese punto sabroso que te arregla un desayuno, una tostada con tomate o una cena rápida con queso fresco, aguacate o un buen chorrito de aceite.
La base son los garbanzos cocidos, que dan cuerpo, sabor y una textura muy agradecida. Los huevos ayudan a que el conjunto suba y no se quede apelmazado, mientras que el yogur aporta humedad y un interior más amable. El detalle que marca diferencia es el psyllium, que en panadería sin gluten hace de sostén y ayuda a que la miga tenga estructura en lugar de venirse abajo al primer corte.
El resultado no es un pan de corteza crujiente de panadería tradicional, sino un pan casero sin gluten muy resultón, nutritivo y bastante más fácil de preparar de lo que parece. La lógica de esta mezcla coincide con otras versiones modernas de pan de garbanzo sin harina y con el papel habitual del psyllium como aglutinante en masas sin gluten.
Si te van este tipo de recetas de horno útiles y sin demasiada ceremonia, encajan muy bien otros panes y masas del mismo aire: un pan de elote, unas tortitas de avena fáciles, o una focaccia bien hecha para picotear algo distinto.
Receta casera de pan de garbanzos sin harina y sin gluten

Preparación paso a paso
- Preparamos el horno y el molde. Precalienta el horno a 180 ºC, con calor arriba y abajo. Forra un molde rectangular pequeño, de unos 20 x 10 cm, con papel de horno. Engrasa ligeramente los laterales para que luego el pan salga sin pelea.
- Escurrimos los garbanzos de verdad. Este paso parece poca cosa, pero manda bastante. Lava los garbanzos cocidos bajo el grifo, escúrrelos bien y sécalos con papel de cocina. Si entran demasiado húmedos en la mezcla, la miga puede quedar pesada.
- Trituramos la base. Pon en una batidora o procesador los garbanzos, los huevos, el yogur, el aceite de oliva y el zumo de limón. Tritura hasta conseguir una crema espesa y bastante lisa. No pasa nada si queda un puntito rústico, pero no deben aparecer tropezones grandes de garbanzo.
- Añadimos los secos. Incorpora la sal, el ajo en polvo, el orégano, la levadura química y el psyllium husk. Vuelve a mezclar unos segundos, lo justo para integrarlo todo. Verás que la masa empieza a ganar cuerpo casi enseguida.
- Dejamos reposar unos minutos. Pasa la mezcla a un cuenco y déjala reposar 5 o 7 minutos. Ese pequeño descanso ayuda mucho a que el psyllium absorba líquido y la masa se estabilice. Es uno de esos detalles discretos que luego se notan al cortar.
- Llevamos al molde. Vierte la masa en el molde y alisa la superficie con una espátula o con el dorso de una cuchara mojada. Si te apetece, reparte por encima unas semillas de sésamo o de calabaza para darle mejor remate.
- Horneamos sin prisas. Mete el molde en la parte media del horno y cuece durante 35 a 40 minutos. Debe subir un poco, dorarse por arriba y quedar firme al tacto. Si pinchas el centro con una brocheta, ha de salir casi limpia, sin masa líquida.
- Comprobamos el punto. Si ves que la superficie toma color demasiado pronto, cubre de manera suelta con un trozo de papel de aluminio en los últimos minutos. Lo importante es que el interior termine de hacerse sin resecarse.
- Reposo fuera del horno. Saca el molde y deja que el pan de garbanzos repose 10 minutos antes de desmoldarlo. Después colócalo sobre una rejilla y deja que se enfríe por completo. Nada de cortarlo a lo loco en caliente: ahí es cuando más fácil es que se apelmace.
- Cortamos y servimos. Ya frío, córtalo en rebanadas con cuchillo de sierra. Sale muy bien para tostadas, para acompañar hummus, queso crema, tomate aliñado o incluso para montar un sándwich pequeño. Si lo tuestas un poco, gana todavía más.







Consejos para un pan de garbanzos de rechupete
- Seca bien los garbanzos antes de triturar; ese detalle cambia bastante la textura final.
- El psyllium no está de adorno: ayuda a dar estructura y evita una miga quebradiza.
- No te pases con el orégano ni con el ajo si lo quieres versátil para desayunos y salados.
- Usa un molde pequeño; en uno muy grande la masa quedará baja y más seca.
- Espera a que enfríe del todo antes de cortar, aunque huela como para perder la paciencia.
- Queda especialmente bueno tostado al día siguiente.
- Si quieres una versión algo más suave, puedes cambiar el yogur griego por uno natural normal.
- Para una miga más aireada, bate los huevos un minuto antes de añadirlos a la batidora.
- Se conserva mejor envuelto en un paño limpio y luego dentro de un recipiente cerrado.
Curiosidades de rechupete
Lo más interesante de este pan sin harina es que juega a ser pan sin empeñarse en copiar al pan clásico. Va por otro camino. Tiene más humedad, más densidad agradable y un sabor con ese fondo de legumbre suave que, bien condimentado, resulta mucho más goloso de lo que uno imagina al leer el nombre.
Los garbanzos llevan siglos resolviendo comidas de media humanidad, pero en cocina casera moderna han encontrado además una segunda vida bastante curiosa: bases para masas, tortitas, crackers, cremas espesas y panes rápidos. No es casualidad. Tienen cuerpo, proteína, sabor amable y una capacidad estupenda para mezclarse con especias, semillas y lácteos.
También tiene su punto simpático eso de que mucha gente se acerca a esta receta con cierta desconfianza y termina repitiéndola por pura comodidad. Se hace en un momento, no necesita fermentaciones y deja la cocina oliendo francamente bien. Pocas recetas tan sencillas dan tanto juego con tan poco esfuerzo.

Algunas dudas que os pueden surgir durante la receta. Contestando vuestros emails
Lo primero que suele preocupar al ver la receta es si sabe demasiado a garbanzo. Pues no de una forma invasiva. Se nota, claro, porque sería raro lo contrario, pero queda bastante suave, sobre todo cuando lo equilibras con yogur, aceite de oliva y un toque de especias. Una vez tostado, además, el sabor se redondea mucho.
Al cortar la primera rebanada aparece a veces la gran prueba de fuego: por qué se rompe o se desmiga. Casi siempre pasa por una de estas tres razones: exceso de humedad en los garbanzos, falta de reposo antes del horno o impaciencia al cortarlo caliente. En esta receta conviene respetar esos minutos de espera como si fuesen un ingrediente más.
Surge mucho la duda de si el psyllium se puede quitar. Poder, puedes, pero ya no estarás haciendo el mismo pan. En masas sin gluten cumple una función muy útil como aglutinante, ayudando a dar elasticidad y estructura; precisamente por eso aparece una y otra vez en este tipo de elaboraciones.
Cuando se busca una versión más ligera, enseguida llega la pregunta de si se puede hacer sin yogur. Sí, aunque la textura cambia. Podrías usar un yogur vegetal espeso si necesitas mantener la receta sin gluten y además sin lácteos. Lo que no conviene es sustituirlo por un líquido demasiado suelto, porque entonces la miga pierde consistencia.
En más de una casa se plantea también si vale para bocadillos o solo para tostadas. Vale para ambas cosas, pero aquí hay que ser justos: luce mejor en rebanadas medianas y con rellenos que no sean una barbaridad de húmedos. Con queso crema, pavo, tomate seco, aguacate o hummus funciona de maravilla. Para un bocadillo gigantesco de barra de media vida, no va por ahí la película.
Y sí, la última suele ser muy práctica: cómo conservarlo para que no se seque. Una vez frío, guárdalo bien envuelto o en recipiente hermético. Aguanta bien 2 o 3 días a temperatura fresca de cocina y algo más en nevera, aunque en frío gana si luego lo tuestas ligeramente antes de servir.
Última revisión: 6 abril 2026
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