Por qué el café estimula mucho a unas personas y a otras apenas les hace efecto

Por qué el café estimula mucho a unas personas y a otras apenas les hace efecto

Dos personas pueden compartir el mismo café, servirse una taza parecida y acabar en situaciones completamente distintas. Una nota el pulso más rápido, se despeja enseguida y sabe que ese café de después de comer puede acompañarla hasta la noche. La otra termina la taza y, media hora después, asegura que el café no le hace prácticamente nada.

La diferencia no se explica con una sola etiqueta. Cuando decimos que alguien es «sensible al café» mezclamos, en realidad, dos cuestiones distintas: cuánto tarda su organismo en eliminar la cafeína y cuánto responde su cerebro mientras esa cafeína está presente. A eso se suman la costumbre, la cantidad real que lleva la bebida, la hora del día y factores como algunos medicamentos, el tabaco o los cambios hormonales.

Por eso tampoco basta con dividir a todo el mundo entre «metabolizadores rápidos» y «metabolizadores lentos». Esa clasificación cuenta una parte de la historia, pero no permite predecir por sí sola cómo va a sentirse una persona después de un café.

La cafeína no da energía: tapa durante un tiempo una señal de cansancio

La cafeína es un estimulante del sistema nervioso central, pero su mecanismo cotidiano es menos parecido a «añadir energía» de lo que solemos imaginar. Durante las horas que permanecemos despiertos interviene, entre otros procesos, la adenosina, una molécula relacionada con la presión de sueño. La cafeína puede ocupar receptores de adenosina y reducir temporalmente esa señal de somnolencia.

El resultado puede ser más alerta y menos sensación de cansancio, pero la cafeína no borra la necesidad de dormir ni repone las horas de descanso perdidas. Si estamos agotados, puede hacer que percibamos menos sueño durante un tiempo; no convierte una noche corta en una noche bien dormida.

Este mecanismo ayuda a entender por qué la respuesta individual importa tanto. Dos personas pueden tener cafeína circulando en el organismo y, aun así, experimentar niveles diferentes de alerta, nerviosismo o alteración del sueño.

Una cosa es cuánto tarda tu cuerpo en eliminarla

Después de tomar cafeína, el hígado se encarga de metabolizar la mayor parte. Una de las enzimas protagonistas es CYP1A2, responsable de una parte muy importante de ese proceso. Su actividad no es idéntica en todas las personas.

En adultos sanos, la vida media de la cafeína suele situarse aproximadamente en unas 3 a 6 horas, aunque existe una variabilidad considerable. «Vida media» no significa que a las cinco horas la cafeína haya desaparecido: significa que, en ese tiempo, el organismo ha eliminado aproximadamente la mitad de la cantidad que había en un momento determinado.

Así se entiende mejor por qué un café de media tarde puede ser irrelevante para una persona y demasiado tardío para otra. Si el organismo elimina la cafeína más despacio, la exposición se prolonga durante más horas.

La genética participa en estas diferencias. Variantes relacionadas con CYP1A2 se han estudiado precisamente por su relación con el metabolismo de la cafeína. Pero la enzima no trabaja aislada de todo lo demás: fumar tiende a acelerar la eliminación, mientras que el uso de anticonceptivos orales puede ralentizarla. También pueden influir determinados medicamentos, enfermedades hepáticas y otras circunstancias fisiológicas.

Durante el embarazo, además, cambia el manejo de la cafeína y las recomendaciones de consumo son más restrictivas. Es un buen ejemplo de por qué la respuesta al café no es una característica fija e inmutable para toda la vida.

Y otra cosa distinta es cuánto la nota tu cerebro

Aquí está una de las confusiones más habituales. Metabolizar rápido la cafeína no equivale automáticamente a ser poco sensible a ella.

La velocidad de eliminación pertenece a la farmacocinética: qué hace el organismo con la sustancia. La sensibilidad pertenece a la farmacodinámica: qué efecto produce esa sustancia mientras está actuando.

En esa segunda parte también interviene la genética. Se han estudiado variantes del gen ADORA2A, relacionado con uno de los receptores de adenosina sobre los que actúa la cafeína. Algunos estudios y revisiones han encontrado asociaciones entre esas variantes y diferencias en la ansiedad inducida por cafeína o en la alteración del sueño.

Eso no convierte un gen en un interruptor que diga «el café te afecta» o «el café no te afecta». La evidencia apunta a una respuesta multifactorial: participan distintos genes y, junto a ellos, el consumo habitual, la dosis, el momento del día y otras características individuales.

Por eso los test que reducen toda la cuestión a una etiqueta de «rápido» o «lento» pueden resultar demasiado simplistas. Saber cómo funciona CYP1A2 aporta información sobre metabolismo; no describe por completo cómo va a reaccionar el cerebro.

La costumbre cambia lo que sentimos

Hay otra razón muy cotidiana por la que un café puede parecer cada vez menos potente: la tolerancia.

Con el consumo habitual, el organismo se adapta a parte de los efectos de la cafeína. En estudios con consumidores frecuentes se ha observado, por ejemplo, una menor respuesta de ansiedad que en personas que toman poca cafeína. También aparece el fenómeno contrario cuando un consumidor habitual deja de tomarla durante un tiempo: pueden surgir somnolencia, dolor de cabeza y menor sensación de alerta.

Esto complica una frase muy común: «Necesito café para funcionar». En algunas personas, una parte del efecto que perciben después de la primera taza puede consistir en revertir temporalmente síntomas de abstinencia y regresar hacia su estado habitual, no necesariamente en alcanzar un nivel de alerta extraordinariamente superior.

La tolerancia tampoco es absoluta. Podemos acostumbrarnos a algunos efectos y seguir siendo sensibles a otros. Alguien puede dejar de notar el «subidón» del café y, sin embargo, seguir perjudicando su sueño si lo toma demasiado tarde.

Tampoco todos los cafés llevan la misma dosis

Antes de atribuirlo todo a nuestros genes conviene mirar la taza. «Un café» no es una medida química.

La cantidad de cafeína de un café cambia con la cantidad de café utilizada, el tipo de grano, el método de preparación, el tiempo de contacto con el agua y el tamaño de la bebida. El arábica y el robusta tampoco parten de la misma concentración de cafeína.

Así que dos personas pueden decir que han tomado «un café» y haber ingerido dosis bastante diferentes. Y una misma persona puede notar mucho un café grande de filtro y poco un espresso corto simplemente porque la dosis total no es comparable.

La cafeína tampoco procede solo del café. Está presente en el té, el cacao, las bebidas energéticas y materias vegetales como el guaraná o las nueces de cola. Si sumamos varias fuentes a lo largo del día, lo que importa fisiológicamente es la cafeína total que hemos acumulado, no únicamente el número de cafés.

Y aunque a veces hablemos de «teína» como si fuera otra sustancia, al comparar la cafeína del té y del café hablamos de la misma molécula; cambian la dosis, la bebida y los compuestos que la acompañan.

«Puedo tomar café de noche y dormir» no demuestra que seas inmune

Dormirse es una medida bastante pobre para decidir si la cafeína ha tenido efecto.

Una revisión sistemática y metaanálisis de 24 estudios encontró que, en conjunto, el consumo de cafeína se asociaba con menos tiempo total de sueño, peor eficiencia del sueño y menos sueño profundo. Eso no significa que todas las personas pierdan exactamente la misma cantidad de descanso ni que cualquier café tomado por la tarde vaya a producir insomnio.

Sí significa que quedarse dormido después de cenar no demuestra que la cafeína sea fisiológicamente irrelevante. Podemos no sentirnos especialmente acelerados y aun así modificar el descanso.

La EFSA señala además que una dosis única de 100 mg de cafeína puede afectar a la duración y a los patrones del sueño en algunos adultos, especialmente cuando se consume cerca de la hora de acostarse. Fija como referencia de seguridad para la población adulta sana hasta 200 mg en una toma y hasta 400 mg repartidos a lo largo del día, pero esas cifras son límites generales de seguridad, no una promesa de que cualquier persona vaya a encontrarse bien con ellas.

Tu límite práctico puede estar bastante antes si aparecen nerviosismo, palpitaciones, inquietud o problemas para dormir.

Por qué el mismo café puede afectarte de manera distinta según el día

La variabilidad no existe solo entre personas. También podemos responder de forma diferente al mismo café en momentos distintos.

La dosis acumulada del día cambia; también cambia cuánto hemos dormido, a qué hora tomamos la bebida, cuánto café consumimos habitualmente y si hemos pasado unas horas sin cafeína. Además, algunos medicamentos pueden modificar su metabolismo.

Por eso es perfectamente posible que alguien tolere bien su café habitual por la mañana pero note mucho más otro tomado a última hora de la tarde. También puede ocurrir que una persona que ha reducido su consumo durante semanas vuelva a percibir con más intensidad una cantidad que antes apenas notaba.

Lo importante es no convertir esas sensaciones en un diagnóstico. Notar mucho o poco la cafeína no permite saber por sí solo qué variante genética tenemos, ni sirve para concluir que nuestro hígado «funciona mejor» o «peor».

Entonces, ¿por qué a ti te afecta mucho y a otra persona casi nada?

La respuesta corta es que no existe una única sensibilidad al café.

Puede que una persona elimine la cafeína lentamente y mantenga concentraciones relevantes durante más tiempo. Puede que, además, su sistema nervioso sea especialmente sensible a sus efectos sobre el sueño o la ansiedad. Otra puede metabolizarla con mayor rapidez, responder menos intensamente y haber desarrollado tolerancia por consumirla todos los días.

Y entre ambos extremos caben muchas combinaciones.

Si queremos entender nuestra propia respuesta, suele ser más útil observar dosis, hora y efectos repetidos que intentar adivinar un gen a partir de una taza. Si el café nos provoca temblores, palpitaciones, ansiedad o altera de forma persistente el sueño, reducir cantidad y horario tiene más sentido que intentar «acostumbrar» al organismo aumentando la dosis.

En cambio, si sentimos que «no nos hace nada», tampoco hace falta perseguir el efecto con cafés cada vez más fuertes. No notar una sacudida de energía no significa necesariamente que la cafeína haya desaparecido ni que podamos aumentar indefinidamente la cantidad.

La taza es la misma. Lo que cambia es el organismo que la recibe.

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Categorías: Actualidad gastronómica Nutrición y salud

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