Qué ingredientes contienen los caldos de pescado del supermercado y cómo elegir mejor

Qué ingredientes contienen los caldos de pescado del supermercado y cómo elegir mejor

Dos briks colocados en la misma balda pueden llamarse caldo de pescado y tener muy poco que ver entre sí. En unos encontramos un porcentaje alto de pescado; en otros, la cantidad de pescado y marisco es bastante menor y el sabor se completa con aromas, extractos de levadura, verduras o especias. La diferencia puede ser enorme: entre las fórmulas que se venden en España hay productos que declaran alrededor de un 30 % de pescado y otros donde una especie concreta aparece por debajo del 1 %.

Que el primer ingrediente sea agua no tiene nada de extraño. Un caldo es una preparación acuosa y necesita una base líquida. La información interesante empieza justo después: cuánto pescado lleva, si utiliza marisco, qué hortalizas aparecen, cuánto pesa la sal en la receta y si incorpora otros ingredientes para reforzar el sabor, el color o la textura.

Por eso, para saber qué lleva realmente un caldo de pescado del supermercado, la parte delantera del envase se queda corta. El nombre, el dibujo de un rape o una gamba y palabras como “casero”, “natural” o “fumet” no sustituyen a la lista de ingredientes. Ahí es donde se ve de qué está hecho el producto.

La lista de ingredientes cuenta más que el dibujo del envase

En los alimentos envasados, los ingredientes aparecen ordenados de mayor a menor peso en el momento en que se incorporan a la elaboración. Para comparar dos caldos, este detalle resulta bastante más útil que cualquier reclamo grande de la parte frontal.

Si después del agua encontramos pescado en una proporción importante, estamos ante una fórmula distinta de otra donde aparecen primero hortalizas, sal y, bastante más atrás, una cantidad pequeña de pescado. Ambas pueden resolvernos una comida, pero no están construidas de la misma manera.

Los porcentajes ayudan todavía más. No todos los ingredientes muestran necesariamente su cantidad, así que conviene aprovechar los datos que sí aparecen. Un 30 % de pescado, un 20 % de gamba o un 0,5 % de bacalao dicen mucho más sobre el contenido que una fotografía del mar.

Pescado: puede haber mucho, poco o casi nada

El pescado es el ingrediente que uno espera encontrar, pero su cantidad cambia muchísimo entre productos. También varían las especies utilizadas. Entre las más habituales aparecen rape, bacalao, merluza, gallineta, congrio y distintos pescados de roca.

Hay fórmulas que declaran mezclas amplias y porcentajes elevados. Otras se quedan en cantidades bastante modestas. Podemos encontrar caldos con un 30 % de pescado frente a otros donde el pescado identificado supone menos del 1 % y comparte la construcción del sabor con hortalizas, aromas o extractos.

Merece la pena fijarse en dos cosas. La primera es el porcentaje total de pescado, cuando se indica. La segunda, las especies concretas. No es la misma receta una base elaborada con una cantidad generosa de varios pescados que otra donde aparece una pequeña proporción de bacalao y el perfil marinero se completa por otras vías.

Tampoco conviene caer en una regla demasiado simple: más porcentaje no garantiza automáticamente que ese caldo nos vaya a gustar más. Sí permite saber cuánta materia prima marina declara el fabricante, que es una información bastante más seria que el diseño del brik.

Marisco: a veces pesa tanto como el pescado, o más

Bajo nombres muy parecidos aparecen productos que incluyen gamba, camarón, langostino, cangrejo, bogavante o galera. En algunos casos se combinan con pescado; en otros, el marisco es el verdadero protagonista.

Esto modifica bastante el resultado en cocina. Un caldo con gamba o crustáceos suele tener un perfil más marcado para arroces, fideuás, sopas marineras o guisos de marisco. No es necesariamente peor ni mejor que uno elaborado solo con pescado: es una base culinaria diferente.

La distinción importa también por los alérgenos. Una persona que compra un caldo pensando únicamente en pescado puede encontrarse con crustáceos o moluscos dentro de la receta, formando parte de los aromas o mencionados en las advertencias de posibles trazas. En este punto no basta con mirar el nombre comercial.

Las verduras también forman parte de la receta

Tomate, cebolla, zanahoria, puerro, apio, ajo, patata e hinojo aparecen con frecuencia en los caldos envasados. Su función no es decorativa. Las hortalizas aportan dulzor, aroma y cuerpo, además de ayudar a redondear el conjunto.

La cantidad vuelve a importar. Hay caldos donde las verduras acompañan a una proporción alta de pescado y otros en los que las hortalizas aparecen antes que el pescado. El orden de la lista permite detectar esta diferencia con bastante rapidez.

La patata y el tomate merecen una mención aparte. La primera puede contribuir al cuerpo del caldo; el tomate aporta sabor y color y encaja especialmente bien en bases destinadas a arroces y guisos marineros. El apio es muy común por su capacidad aromática, pero además es un alérgeno que debe declararse, por lo que suele aparecer destacado en la etiqueta.

Aromas, extracto de levadura y potenciadores: qué papel tienen

Este es uno de los puntos que más confusión provoca. Algunos caldos se elaboran con pescado, marisco y verduras sin recurrir a aromas añadidos. Otros incorporan aromas naturales, aromas de pescado o mezclas aromáticas que pueden contener derivados de pescado, crustáceos, moluscos o apio.

También aparece en algunas fórmulas extracto de levadura, utilizado para aportar intensidad y notas umami. No es lo mismo que declarar glutamato monosódico como aditivo, aunque ambos pueden contribuir a reforzar la percepción sabrosa del producto.

¿Un caldo con aromas o extracto de levadura es automáticamente malo? No. Esa conclusión sería demasiado fácil. Lo que sí nos dice la etiqueta es de dónde procede buena parte del sabor. Si un producto contiene poca cantidad de pescado y, al mismo tiempo, recurre a aromas y extractos, estamos ante una formulación distinta de otra basada en una proporción elevada de pescado y verduras.

En pastillas, preparados concentrados y caldos deshidratados puede ser más habitual encontrar potenciadores del sabor como el glutamato monosódico. Conviene no meter automáticamente estos formatos en el mismo saco que los caldos líquidos de brik, porque sus recetas pueden ser muy diferentes.

Almidón, azúcar y colorantes: pequeños ingredientes que también cuentan

Al revisar etiquetas aparecen a veces almidón de maíz, azúcar o colorantes como los carotenos. Su presencia suele ser minoritaria, pero ayuda a entender cómo se construyen la textura, el equilibrio de sabor y el aspecto final.

El almidón puede aportar algo más de cuerpo. El azúcar puede suavizar determinados contrastes de sabor. Los carotenos se utilizan para aportar color. No hace falta convertir cada ingrediente en una alarma; resulta más útil comprobar cuánto pescado y marisco hay y qué necesita la fórmula para completar el resultado.

Una lista larga tampoco es automáticamente peor que una corta. Un caldo con varias especies de pescado, mariscos y hortalizas tendrá, por lógica, más ingredientes que otro muy simple. La calidad no se mide contando líneas, sino entendiendo qué aparece en ellas.

El aceite puede ser de oliva, de girasol o casi testimonial

Los caldos comerciales también pueden incorporar aceite. Encontramos aceite de oliva, aceite de oliva virgen extra y aceite de girasol, según la receta. Puede formar parte de un sofrito o incorporarse directamente a la elaboración.

Aquí conviene mirar la cantidad cuando esté disponible. Que un envase destaque el aceite de oliva no significa necesariamente que lo lleve en una proporción importante. Existen productos que declaran solo un 0,1 % de aceite de oliva o de aceite de oliva virgen extra.

En fórmulas con sofrito puede aparecer aceite de girasol dentro de ese preparado, mientras que otros caldos utilizan aceite de oliva en la receta general. Para comparar de verdad hay que mirar el conjunto y no quedarse con una sola palabra destacada.

La sal merece una comprobación aparte

La sal aparece en muchas listas y puede ocupar una posición relativamente alta. Como no siempre conocemos su cantidad exacta leyendo únicamente los ingredientes, hay que pasar a la tabla nutricional y buscar los gramos de sal por 100 ml.

Este dato permite comparar productos directamente. Además, conviene hacer la cuenta según la cantidad que vayamos a utilizar. Un caldo con 0,75 g de sal por 100 ml aporta casi 1,9 g de sal en un cuenco de 250 ml.

La cuestión cambia todavía más cuando el caldo se utiliza para una paella, una fideuá o una salsa y parte del agua se evapora. Por eso tiene sentido probar antes de añadir más sal al plato. Es uno de los errores más fáciles cuando usamos un caldo envasado como base de cocina.

Ojo con los alérgenos, porque no siempre están donde esperamos

Pescado y crustáceos son previsibles, pero no son los únicos. Muchos caldos llevan apio, y algunos pueden contener moluscos o advertir de trazas de leche, soja u otros alérgenos relacionados con el proceso de fabricación.

En los alimentos envasados, los alérgenos incorporados como ingredientes deben aparecer destacados tipográficamente dentro de la lista. Aun así, quien tenga una alergia debe revisar la etiqueta completa de cada envase, porque dos caldos con nombres casi idénticos pueden presentar composiciones diferentes.

También conviene distinguir entre “contiene” y “puede contener”. Esta última expresión advierte de una posible presencia no intencionada, por ejemplo debido al contacto cruzado; no significa que ese alérgeno forme necesariamente parte de la receta.

Cómo elegir un caldo de pescado en 30 segundos

La comparación puede hacerse bastante rápido en mitad del supermercado:

  1. Miramos qué aparece justo después del agua. Ahí empieza a verse el peso real de la receta.
  2. Buscamos el porcentaje de pescado y marisco cuando esté indicado.
  3. Comprobamos si se identifican las especies utilizadas o si todo queda en términos poco concretos.
  4. Revisamos la presencia de aromas, extracto de levadura, almidones, azúcares o colorantes y la ponemos en relación con la cantidad de pescado.
  5. Comparamos la sal por 100 ml en la tabla nutricional.
  6. Si hay alergias, leemos los alérgenos y las advertencias de trazas sin dar nada por supuesto.

Para cocinar un arroz o una fideuá puede interesarnos un fumet más concentrado y con una presencia clara de pescado de roca o marisco. Para una sopa ligera quizá prefiramos un caldo menos intenso y con menos sal. El mejor caldo depende del uso, pero la elección debería hacerse con la etiqueta y no con la ilustración del frontal.

Entonces, ¿qué llevan realmente los caldos de pescado del supermercado?

No existe una única receta. Podemos encontrar agua, pescado, marisco, hortalizas, sal, aceites, especias y, según el producto, aromas, extracto de levadura, almidón, azúcar o colorantes. Los caldos de pescado envasados pueden tener composiciones muy distintas aunque compartan balda y nombre comercial.

La diferencia importante está en las proporciones. Un producto puede basarse en una cantidad elevada de pescado y otro apoyarse mucho más en verduras, sal y recursos aromáticos. Los dos pueden ser útiles en cocina, pero no estamos comprando exactamente lo mismo.

Dar la vuelta al brik antes de meterlo en la cesta permite verlo bastante rápido. En pocos segundos sabremos si el sabor marinero procede de una cantidad generosa de pescado y marisco o de una fórmula mucho más ajustada.

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Categorías: Actualidad gastronómica Escuela de alimentación: cocina, técnicas e ingredientes Nutrición y salud

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